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Regis Ortiz

“El proceso de reinserción no fue fácil. Pero cuando veo a mi mamá y a mi hijo sé que todo ha valido la pena.”
Regis Ortiz | La Lupa Revista Digital

Regis es un líder nato. Desde joven fue amante de la historia, la literatura y la educación. Recibió amenazas de las AUC, y temió por su vida. Convencido de que en las Farc encontraría nuevas oportunidades de vida, con la ilusión de ser parte de algo y poder enseñar tomó la decisión de entrar al grupo. Su vida en la guerra está cargada de historias que impactan, que duelen. Pero la vida le dio una segunda oportunidad, la de defender la vida, la ilusión, la de reparar los daños. Esta es la historia del renacer de un hombre que hoy asegura que haber vuelto a casa fue lo que en realidad, siempre soñó. La Lupa lo conoció en lo más profundo.


LL: ¿Dónde naciste?

RO: Yo nací en la ciudad de Cartagena en un barrio tradicional, pero como a los ocho meses mis papás se mudaron a un barrio de invasión. Ahí viví la mayor parte de mi infancia, mi adolescencia y mi juventud. Fue el barrio donde crecí y viví gran parte de mi vida.

LL: ¿Cómo era la vida allá?


RO:
Muchas dificultades, muchas necesidades, era un barrio que apenas estaba creciendo, había dificultades en el tema de servicios públicos. Me acuerdo que tocaba ir por el agua lejos, el tema de la luz era muy poco. Si prendías un bombillo no servía la estufa, o si prendías la estufa no servía la luz en la casa. En fin, eran muchas dificultades, pero en términos generales fui un niño feliz. Crecí al lado de mis tíos por parte de mi madre, y mis abuelos maternos también. Mis padres se separan cuando yo tenía como tres años de edad, pero en términos generales, tengo muy buenos recuerdos.

LL: ¿Y en tu adolescencia?

RO: En mi adolescencia pues nada, estudiar, aprovechar la posibilidad que me daba mi mamá de poder terminar un bachillerato, lo terminé como a los 15. Entre los 13 y los 14 años comencé a vivir un proceso de liderazgo dentro del barrio y también dentro del colegio. En el colegio era representante estudiantil y en el barrio organicé el primer grupo juvenil, era un niño de 14 y organizaba niños desde los 16 hasta los 25 años que eran dirigidos por mí. Eso también me dio la posibilidad de trabajar en un proyecto con el ICBF en temas de jóvenes, en ese entonces era un animador juvenil, orientaba a futuros líderes e íbamos a otros barrios a dar charlas de liderazgo.

LL: Fuiste un líder nato…

RO: Sí y creo que eso fue un tema que me inculcó la familia. La mayoría de mi familia militaba en la UP, entonces era ahí una buena mezcla.

LL: ¿Quiénes puntualmente fueron parte de la UP?

RO: Mi madre, mis tíos. Mi abuelo al principio era conservador, y después se dio cuenta de que no era una cuestión de partidos políticos sino que era más de poder organizarse para tener acceso a las cosas básicas de la vida, a que hubiera un reconocimiento del barrio a nivel distrital.

LL: ¿Qué recuerdas tú de esa época, cómo era ser parte de una familia que estaba tan involucrada en la política?

RO: Era mucha adrenalina ir a una marcha, me acuerdo que las canciones de cuna de mi hermana eran consignas: el pueblo unido jamás será vencido. Aprendimos primero eso que las vocales. Digamos que era más una convicción organizativa para poder salir adelante frente a las dificultades. Por ahí como a los siete años tengo una imagen muy clara de la toma del Palacio de Justicia, entonces era escuchar a mis tíos, me acuerdo de una celebración en el barrio y mis dibujos fueron de la toma del Palacio de Justicia, yo me paré frente a mucha gente a explicar qué significaba mi dibujo.

 LL: ¿Recuerdas qué querías ser?

RO: Sí, cuando estaba en el bachillerato quería ser médico, era la forma en la que yo veía que podía servir a los demás, pero no fue posible por el tema económico. Además era una carrera de muchos apellidos, entonces la otra opción fueron las ciencias sociales, tuve un profesor en el bachillerato que me marcó mucho en todo el tema del sentido crítico, de no tragar entero, entonces encontré la opción de la historia. Aquí el reto es aprenderme todos los nombres y las fechas, sin embargo, era una historia más vinculada a la investigación. Era el más chiquito de la clase. Entonces mi vida transcurría entre el barrio, la universidad y el trabajo. Trabajaba con mi tío en una tienda una semana, y con otro tío en una ladrillera haciendo ladrillos la otra.

LL: ¿Cómo fue todo este proceso estando en la universidad?


RO:
Todo muy tranquilo hasta cuarto semestre que entré en una crisis existencial. Empecé a cuestionarme si lo que yo estaba haciendo era realmente lo que quería hacer y me retiré por dos años. En esos dos años estuve trabajando en distintas cosas y después de pensarlo mucho decidí volver. Cuando volví empecé a involucrarme en el Consejo Estudiantil, en los debates de la universidad. Terminé siendo representante estudiantil, y entendí que ese liderazgo no lo podía vivir solo en la universidad sino que tenía que llevarlo a las comunidades que conformaban ese cinturón de pobreza en la ciudad. Cartagena es una de las ciudades donde se ve una de las brechas más grandes en términos de desigualdad. Nos empezamos a dar cuenta también del tema de desplazamientos. Para el 2002 el desplazamiento no tenía mucho eco dentro del gobierno. Comenzamos a trabajar mucho con las comunidades de desplazados, y en el año 2004 comenzamos a recibir amenazas. A mi casa llegó un sobre con una amenaza por parte de las AUC. Era común que docentes, líderes comunitarios y líderes estudiantiles las recibieran. Mi mamá leyó el sobre, y me dijo que lo mejor que podía hacer era irme. Me dijo que ella prefería tener un hijo lejos que un hijo muerto, entonces me fui de mi casa.

A finales del 2005 saliendo de la universidad, cogieron a un compañero a las seis de la tarde en frente de todo el mundo. Comenzamos a hacer mucha presión en diferentes entidades, al chico lo terminaron soltando al día siguiente y llegó a mi casa y me dijo, “flaco vámonos de acá porque nos van a matar¨. Él me decía que sabía que me iban a torturar porque había visto cosas en el carro, yo traté de poner la denuncia en una estación de la policía e hicieron caso omiso a mis gritos y a mis súplicas. Nos fuimos para Bogotá y fue una situación muy difícil, estábamos en una ciudad que no era la nuestra, vivíamos de la caridad de algunos amigos nuestros, entonces decidí devolverme.

LL: ¿Pero la cosa todavía estaba caliente allá o no, recibiste más amenazas?

RO: Muy caliente. Me devolví a Cartagena y saliendo de la universidad me di cuenta de que había un operativo contra mí. Hicimos las denuncias, pero no sirvió de nada. Me entró mucho temor porque la cosa estaba muy difícil. Me escondí y empecé a solicitar apoyo. Dentro de esos procesos universitarios uno conoce a mucha gente, y ahí incluso conocí personas que trabajaban para organizaciones clandestinas. En eso alguien me llamó y me dijo que me tenían un sitio, y yo sabía que era de alta influencia de las Farc, que ahí podía ayudar y apoyar en el tema de educación. Dije bueno listo, a las seis de la mañana me llamaron me dijeron póngase unos tenis empaque un par de jeans y ropa oscura, lo van a recoger en tal parte. A las seis de la tarde ya estaba monte adentro. Me dejaron en una carretera destapada, me recibieron dos personas y después ya me recibieron los guerrilleros. Al día siguiente caminamos todo el día, y a las cuatro de la tarde ya estaba de frente al comandante de ese frente de las Farc.

LL: ¿Cómo fue ese primer discurso, o ese primer encuentro con la realidad de las Farc?

RO: Fue muy cordial, incluso me habló de lo difícil que era mi situación de seguridad. Me dijo que ahí iba a poder apoyar con el tema educativo que era lo que me gustaba. Pasaron unos días y me tocó hacer el entrenamiento militar y político. Cuando tú estás en ese proceso, te enseñan todo lo de los estatutos, la disciplina militar. Durante esos tres meses solo me dieron un espacio en dos ocasiones para dictarle clase a los guerrilleros, clase de alfabetización y algo de historia de Colombia. El resto tenía que manejar armas, fusiles, entrenamiento militar.

LL: Digamos que fue una oferta bastante prometedora y terminó no siéndolo.

RO: Fue una decisión. En ningún momento a mí me pusieron un revólver o me montaron de cabeza en un carro. Fue una decisión que tomé en la medida en la que no confiaba en el Estado, no confiaba en la policía. Fue un tema de confianza total.

LL: ¿Qué pasa cuando te das cuenta de que no vas a hacer eso que habías creído?


RO:
Me aburrí totalmente. Caí en un punto en donde ya me fastidiaban las órdenes, me rayaba que un tipo con un nivel educativo más bajo que el mío me mandara. Era un tema de ego, y estaba aburrido, y nunca tuve la posibilidad de leer un libro. Ya habían pasado tres meses y yo ya quería irme. Le decía al comandante que yo sentía que me estaba volviendo bruto. Entonces el comandante me mando a traer algunos libros pero yo decía bueno me los leo, pero después con quién los comparto. Dentro del grupo los únicos espacios que había para compartir eran las horas culturales a las seis de la tarde, y era hacer análisis de noticias. El otro espacio era la hora cultural de los domingos, hacíamos teatro poníamos algo de música y a veces teníamos la posibilidad de conversar con los compañeros. Y mi comandante un día me cogió y me dijo que me iba a decir la diferencia entre las Farc y los cristianos, y me dice que los cristianos entran, se arrepienten y se salvan en las Farc usted entra, se arrepiente y no tiene salvación.

LL: ¿Cómo hiciste para seguir perteneciendo a las FARC cuando ya te diste cuenta de que su discurso iba en contravía con lo que tú eras, querías y creías?

RO: Me adapté a las condiciones. A las condiciones de vida. Después entré en una etapa de resignación. Me puse a esperar el momento en el que me mataran o en el momento en el que pudiera fugarme. Ese primer año fue bien, el segundo año, 2007, fue un año muy difícil porque entró un operativo muy difícil, el de los Montes de María, y todos los días eran enfrentamientos con el ejército. Sin embargo, ya al final tomaba la decisión de que me mandaran al frente porque tenía la ilusión de que una de esas balas me matara. Soy sincero, perdí los sueños. Perdí todas las esperanzas.

LL: ¿La esperanza entonces era acabar con la vida?

RO: Sí, quería una balacera. Yo le decía a mi comandante, aquí no vamos para ningún lado, nos van a matar a todos, y de hecho en gran parte así pasó. Cuando estaba aburrido, el comandante me mandaba en comisión que eran grupos más pequeños que salían cerca a la población civil, entonces ahí podía hablar con la gente. En algún momento el comandante de esa comisión me presentó un chico y me dijo habla con él, a él le dicen Cruz Roja, quiere entrar al grupo. Le decían Cruz Roja porque había logrado pasar comida por enfrente del ejército. Cuando comienzo a hablar con él me dice que tiene 12 años. Inmediatamente hice catarsis con el pelado. Le conté lo difícil y lo dura que era la vida en la guerra. Le conté que pasábamos hambre, que vivíamos en condiciones muy difíciles, que volviera a casa. Yo le pregunté bueno y qué te gusta hacer, y él me decía jugar futbol pero es que no tengo ni balón. Redacté un documento tipo informe, y con base en que en las Farc el ingreso es a partir de los 15 años, sustenté por qué el chico no podía entrar. Salí de la zona, me fui, y ese diciembre un día lo vi entrando con la comisión con un camuflado, le daba como dos vueltas el uniforme, y con un revólver. Lo tomé del brazo y le dije, ven qué haces acá y él me dijo, no, a mí me gusta esto, mi sueño es ser guerrillero. Entendí sus razones, vivía en una vereda sin recursos, a sus papás los habían matado los paramilitares, no estudiaba, en fin. Lo único que había visto en toda su vida había sido la guerrilla, además de que venía con un tema de venganza muy fuerte de su familia. Hablé con mi comandante, le dije que él tenía solo 12 años y él me dijo, si puede con el fusil y con el morral, sí puede entrar. Ahí quise protegerlo, enseñarle. En el diciembre siguiente tuvimos un enfrentamiento con el ejército, eran como 6000 hombres y 8 helicópteros. En la balacera lo primero que yo hice fue ubicarlo a él, y después le dije, ves lo que está pasando, cuando tengas la posibilidad vete para tu casa. Me sonrío y en ese momento nos separamos. Nos volvimos a encontrar a los seis meses, nos bombardearon los de la aérea, y murieron 18 guerrilleros. De pie solo quedamos tres, yo porque estaba muy lejos del área, yo había pedido la avanzada porque quería morirme, pero no me morí. Cuando cayó la primera bomba, vi la escena más desastrosa, recuerdo a una chica que me jalaba el camuflado y me decía pégame un tiro porque yo estoy muy mal, no puedo más. Me encontré después a Cruz Roja gritando, entre los gritos me decía que no lo dejara morir, que él estaba arrepentido por la decisión que había tomado. Me decía sácame de aquí no me dejes solo. Caminé unos metros y el chico murió en mis brazos. Me tocó dejarlo ahí. En ese momento entendí que me tenía que ir. Dije, así me maten me voy de acá. Los dos guerrilleros que habían quedado me dijeron que cogiera por una dirección, yo cogí por otra para buscar a otro compañero que estaba herido y cuando llegué mi compañero estaba muerto. Ahí en ese combate murió el comandante del frente entonces el ejército celebró, eran gritos de emoción y en algún momento me levanté y ahí esperé si había una oportunidad para entregarme, pero no la hubo. Duré como tres días caminando, dormía a veces en la mañana y caminaba en la noche, había mucho ejército, entonces me tocaba esquivar las unidades del ejército, y al tercer día cuando ya estaba cansado, con sed, porque allá el agua es muy difícil, llegué a un pozo, y cuando me di cuenta ya estaba de frente a dos soldados, y al verlos entendí que no podía ni correr ni retroceder. Pero cuando les vi la cara a los dos soldados, no se sabía cuál de los tres estaba más asustado porque sus fusiles habían quedado detrás de mí. Entonces, en un acto de confianza les dije no muchachos, cojan sus fusiles porque yo lo que quiero es irme de acá, quiero irme para mi casa. Vino todo el proceso con el ejército.

LL: ¿Sentiste alivio, miedo?


RO:
Miedo. Sentía más miedo en la base militar donde me metieron que afuera en el monte. En la guerrilla te dicen muchas cosas que el ejército te va a hacer. Yo pensé que me iban a torturar, no dormí del miedo. Entonces ya cuando empezó a entrar la unidad de derechos humanos, me empezaron a hablar del proceso de reintegración. Ahí ya me trasladan a Cartagena y me reencuentro con mi mamá, le di un abrazo que nunca se me olvida. Fue un abrazo a una madre que creía que su hijo estaba muerto. Fue una vaina muy bacana. Me dijeron que dónde quería hacer el proceso y dije que en Bogotá y ahí empecé.

LL: Todo valió la pena.

RO: Totalmente. Cuando abracé a mi mamá y a mi hijo, entendí que todo había valido la pena. De hecho cuando yo estaba dentro de la guerrilla le pedía a Dios la posibilidad de tener un hijo. Entonces ver a mi hijo es decir que valió la pena.

LL: ¿Qué no has podido olvidar o perdonar de la vida en la guerrilla?

RO: Creo que el tema de Cruz Roja. Dentro de mi proceso personal hubo etapas. La primera fue aceptar una responsabilidad, yo no maté a nadie directamente, no hice daño directo, pero después entendí que yo le enseñaba a los guerrilleros y después ese guerrillero iba y hacía una acción militar donde hacía daños, es decir, había una responsabilidad. Después viene la siguiente etapa que es la de la culpa. El tema del auto perdón, y ahí Cruz Roja estuvo muy presente, me marcó mucho.

LL: ¿Y hoy en día el recuerdo de Cruz Roja cuál es, qué te transmite?

RO: Emoción y ganas de seguir trabajando por brindarles oportunidades a chicos y chicas. Porque creo que eso era lo que necesitaba Cruz Roja en ese momento, y por no tener oportunidades, llegó ahí, a un sitio donde no tenía que estar.

LL: ¿Qué pasa con la gente que sí ha tenido oportunidades, y aun así deciden quedarse, qué tantos hay de esos?

RO: Había odios heredados, situaciones familiares muy difíciles, y finalmente tú dices estos chicos no querían estar acá. Y también pasó mucho que algunos querían estar ahí y después se dieron cuenta de que eso no era lo que querían. Hoy en día me he encontrado con algunos chicos que estuvieron en mi mismo frente, y me dicen que si ellos hubieran podido cambiar o devolver el tiempo, no hubieran entrado a las Farc.

LL: Digamos que hablando en términos de manipulación y malicia, hay personas que a lo mejor sí tienen oportunidades pero escogen ese camino de seguir perteneciendo a la guerrilla, ¿cómo entiendes esto tú?

RO: Creo que esas son personas que escogieron ese estilo de vida.

LL: ¿Qué define entonces que personas como tú decidan enderezar el camino? ¿Por qué hay personas que lo pueden hacer y otras que no?

RO: Decisión. Cuando tú sientes que has llegado a un proceso de transformación es posible tomar decisiones asumir otra opción frente a lo que has hecho.

LL: ¿Hoy en día ya afuera, con la coyuntura actual del país, qué opinas del proceso de paz?

RO: Lo veo como una coyuntura que ojalá no se quede en eso porque yo creo que de paz siempre se ha hablado en este país. Hoy tenemos la posibilidad de que este grupo decida hacer una lucha de manera distinta, creo que es una oportunidad que hay que aprovechar.

LL: ¿Qué tan genuino crees que es esto?

RO: Totalmente, hoy, creo que es muy genuino. Te hablo de la ingenuidad desde el guerrillero raso. Cuando estábamos allá y oíamos algo de conversaciones o acuerdos de paz, para nosotros era siempre una esperanza de poder volver a casa y hacer otra cosa. Eso se veía reflejado en muchos jóvenes. Muchos decíamos, ojalá, ojalá se dé, porque quiero irme a mi casa, porque volarnos de las Farc era traición y eso implicaba que en algún momento debías morir.

LL: ¿Qué hacer con el guerrillero que no tiene el coraje que tú tuviste para enfrentar un nuevo camino como civil?

RO: Hay que convencerlo. Yo creo que cuando tú insistes en convencer a una persona lo logras. Por ejemplo mi abuelo, conservador, terminó siendo de izquierda. Porque cuando tú les demuestras a las personas con realidades las posibilidades de ser útiles en otras cosas, se puede.

LL: Después de tantos años, los odios infundados, las discriminaciones entre la guerrilla y las AUC ya pasan a un segundo plano. ¿Qué tanta cuenta te diste de que todos éramos un poco de lo mismo?, ¿cuándo dejaste de categorizar?

RO: Esto no solo ocurre del lado del conflicto armado, el categorizar víctima, victimario, guerrillero, ex combatiente, etc. Esta sociedad está llena de estigmas. Acá se estigmatiza por todo. Y creo que el ejercicio es precisamente ese, descubrir aquello que nos puede unir. Y eso que nos puede unir, en donde podemos realmente hablar de reconciliación nacional, son nuestros niños y niñas porque ahí es donde comenzamos a trabajar para poder ver resultados más adelante. Hay que comenzar a cambiar el discurso, los que están allá también están pensando en ustedes, en que quieren una oportunidad.

LL: ¿Qué le tratas de inculcar a tu hijo?

RO: Eso, que todos somos iguales. Las diferencias no tienen por qué existir. De hecho me cuido mucho de ver noticieros con él.

LL: ¿Hoy en día sientes que ya has perdonado?

RO: Sí, total. Hoy en día estoy en la posibilidad no solo de perdonar, sino de solicitar perdón a las personas a las que les pude haber hecho daño.

LL: ¿Qué tan difícil es volver a la vida civil, qué tan difícil ha sido este camino?


RO:
Es duro por el tema de la estigmatización. Es duro, pero también me lo he gozado. Tampoco es que me vaya a morir y en el epitafio diga, yace aquí un exguerrillero (risas). Pero sí hay un estigma muy cargado que en algún momento sale a relucir. Lo ideal sería que eso no pasara, que no me califiquen a mí por lo que fui sino por mis valores, por mis capacidades, por mis ganas de desarrollarme como ciudadano.

LL: ¿Sientes que has tenido esa oportunidad?

RO: Ha sido un tema de poder interactuar en los espacios. Hay que entender que no somos los monstruos. Ese tema de que van a venir a invadir las ciudades es terrible, son seres humanos de carne y hueso que quieren una oportunidad de poder hacer algo diferente a lo que venían haciendo.

LL: ¿Qué tan difícil es quitarle a una persona ese único poder o seguridad que le han dado en la vida que es cargar un arma? ¿Cómo compensa uno eso, que es lo que en últimas le ha dado seguridad para traerlo a un espacio donde va a tener que empezar de ceros? ¿Cómo convencerlo de que la vida civil, pesa más que la vida en la guerra?

RO: Hay que hacerlo sentir parte de algo. Mira, mi primer trabajo aquí fue como ayudante de construcción, solo me pidieron la cédula y me dijeron, si puede con el cemento y los ladrillos, hágale hermano. Era un grupo de trabajo en donde ellos sabían de donde venía yo, porque en alguna conversación les conté. Pero me sentía parte de algo, parte de su equipo, ellos me hacían sentir parte de ese equipo. Hace unos años cuando vi las construcciones donde habíamos trabajado yo dije, mira yo hice parte de eso, y qué bonito quedó. Es eso. Vincularlos a algo. Hacerlos sentir parte de algo. No rechazarlos. El desprenderse del arma es todo un ritual, eso es desprenderse de tu madre, tu padre, tu esposa, tus hijos, todo. El arma es tu alma gemela porque te dicen que no puede estar a más de un metro de ti porque es tu vida. Desprenderse de eso es desprenderse de ese afecto.

LL: Reemplazar los afectos.

RO: Claro, incluso hay chicos que para dar un abrazo es difícil. Esto es un tema de romper estructuras.

LL: ¿Y a ti cómo te fue con eso?

RO: No, yo sí me dejo abrazar (risas).

LL: ¿Hoy en día te has reencontrado con personas que estuvieron contigo allá?

RO: Sí, y están súper. Están emocionados, estudiando, con sus familias. Las condiciones económicas son difíciles pero están luchando y dicen, yo jamás en mi vida voy a pensar en devolverme.

 LL: ¿Cómo hacer para que siga ganando el querer estar acá?

RO: No hay cosa más rica que las mieles de la autonomía. Tú decides sobre tu vida. Y los hijos que jalan mucho. Te arraiga mucho a la vida civil y a la legalidad.

 LL: ¿Has hablado con tu hijo de esto?

RO: Sí. Pasó algo curioso. Estuve en Roma en una comisión de la ACR dando un mensaje en el Vaticano del perdón y la reconciliación. Él me vio y me dice papá estuviste allá pidiendo perdón por donde estuviste (risas).

LL: ¿Qué estás haciendo ahorita?

RO: Trabajo con una fundación de jóvenes. En el trabajo donde siempre me soñé. Puedo ver chicos que tienen la posibilidad de tomar una opción diferente a la de la violencia. Cuando tú les explicas a estos chicos que hay más posibilidades, juegas fútbol con ellos, cantas con ellos, es muy chévere. Es poder contribuir a que estos chicos no tengan la violencia como una opción en sus vidas.

LL: ¿Qué te falta por hacer?

RO: Seguir en el tema de la enseñanza. La educación es una columna vertebral que transforma vidas.

LL: ¿Vives con tu hijo?

RO: Vive en Barranquilla con la mamá, trate de traerlo pero no aguantó el frío de la nevera (risas). Pero además lo cultural, porque allá tenía una vida más libre. Acá el encierro lo enfermó.

LL: ¿Y tu mamá?

RO: En Cartagena con mis hermanos. La amo. Con mi mamá, con la familia, lo he hablado. Tuvimos ese momento de contarnos, de echarnos la llorada, y ella entendió.

LL: ¿Para terminar, a qué le pones La Lupa en tu vida?

RO: A las oportunidades. Hay que ponérsela para poderlas potencializar. Y no solo para trabajar en tu propio proyecto de vida sino ayudar a otros a construir el de ellos.

 

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Regis Ortiz, nos cuenta sobre su adolescencia, sobre la involucramiento de su familia en la política y como hizo parte de las FARC.
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