Jaime Lombana

“Yo presiento siempre lo que va a pasar. Sé cuándo voy a ganar y cuándo no”
 Jaime Lombana | La Lupa Revista Digital

Jaime Lombana, uno de los abogados más reconocidos de Colombia, quería ser veterinario cuando chiquito. Pasó por siete colegios y odiaba las matemáticas, todavía juega básquet hasta el cansancio y tiene un loro en su casa. El abogado del expresidente Álvaro Uribe mantiene el agüero de sentarse a su lado derecho cuando quiere persuadir a alguien, dice que sabe cuándo va perder un caso y que es experto en leer los ojos. La Lupa leyó los de él.


 

Jaime Lombana, uno de los abogados más reconocidos de Colombia, quería ser veterinario cuando chiquito. Pasó por siete colegios y odiaba las matemáticas, todavía juega básquet hasta el cansancio y tiene un loro en su casa. El abogado del expresidente Álvaro Uribe mantiene el agüero de sentarse a su lado derecho cuando quiere persuadir a alguien, dice que sabe cuándo va perder un caso y que es experto en leer los ojos. La Lupa leyó los de él.

La Lupa (LL): Devolvámonos un poco a su infancia. ¿El Jaime de hoy en día es el mismo de cuando era niño?

Jaime Lombana (JL): Yo creo que sí, en muchas cosas. Soy impulsivo, justiciero. En el colegio odiaba que le pegaran a los chiquitos y terminaba peleando todo el día si le pegaban a alguien. Hoy en día trato de hacer lo mismo. De niño me formé en Bucaramanga, tengo esos rasgos muy especiales que da la tierra santandereana, soy de carácter, sincero, directo y explosivo. Todo lo del pasado genético y geográfico de donde uno proviene se hereda, eso se aprende en criminología.Soy muy parecido a mi papá y mi hijo es muy parecido a mí, solo que habla muy rolo.

LL: ¿De quién heredo el amor por el derecho?

JL: Siempre me gustó, desde muy niño. Mi papá tenía dos grandes amigos que eran penalistas en Bucaramanga y me llevaba a ver las audiencias. Yo me presenté a dos carreras, quería estudiar veterinaria o derecho. Me hice abogado pero me sigue gustando la veterinaria, tengo un loro, dos perros, un caballo y una tortuga.

LL: ¿Era juicioso en el colegio?

JL: No. Pasé por siete colegios, me echaron de varios. Pero no por temas académicos sino porque vivía peleando.

LL: ¿Por eso decide irse por el derecho penal?

JL: Yo tengo la vocación de servicio y el temperamento, además, en el colegio era bueno para la argumentación y la literatura, eso era lo que me gustaba hacer.

LL: ¿Qué tal era para las matemáticas?

JL: Muy malo. Curiosamente, mi hijo es brillante para las matemáticas, sin embargo, también quiere ser abogado.

LL: Ya adelantándonos un poco más. ¿Cuándo a usted le ofrecen llevar un caso qué determina si lo toma o no?

JL: Primero que me sienta cómodo, que no me sienta haciendo un trabajo sucio. Que cumpla un rol transparente, independientemente de que esté defendiendo a alguien que ha sido culpable; que no le esté haciendo daño a nadie y, especialmente, que no haya trampas. Odio a los abogados que se caracterizan por ser tramposos, que fabrican pruebas y engañan funcionarios. Yo creo que una inmensa mayoría de los abogados son honestos, pero hay unos pocos que dan a la profesión muy mal nombre.

LL: ¿Hasta qué punto llega el ser correcto, hasta dónde llega la ética en esta profesión?

JL: Yo creo que tengo muchísimos defectos. Alguien dijo una vez que si uno quiere conocer sus defectos se los debe preguntar a un
enemigo, seguro que él se los va diciendo rapidito. Pero las virtudes no hay que preguntarlas, yo soy un hombre correcto, censuro a quienes pervierten la profesión, a todos los que la ejercen a punta de trampas, trucos y marrullerías.

LL: ¿Cómo funciona el poder en Colombia?

JL: El poder en Colombia es un asco. Este es un país de hipócritas donde todo es una farsa. La justicia es una farsa, el poder político es una farsa, los partidos son una farsa, todo es una farsa.

LL:¿Qué tan importante es la empatía que logra con sus clientes?

JL: Fundamental, los ojos se leen fácilmente. Es parte de mi profesión leer los ojos, saber qué está pensando un fiscal, un juez, el cliente.

LL: Domina la psicología también…

JL: Estudié psicología criminal en Bélgica cuatro años.

LL: Hablemos un poco de sus casos. ¿Cuál diría usted que ha sido el más apasionante, el más desafiante?

JL: Yo creo que siempre el caso más apasionante es el del momento. Mi carrera es ya de muchos años, son muchos los casos apasionantes, difíciles, de sangre, de sexo, de drogas que he enfrentado. Nunca he defendido narcotraficantes, pero sí temas donde está involucrada la droga en un hecho criminal, por ejemplo. También los casos de corrupción o de lucha contra la corrupción. En este país criticamos mucho a los guerrilleros y a los paramilitares, pero en el fondo, la gran génesis del conflicto colombiano está en la corrupción presente en la sociedad dominante. He leído y escrito mucho sobre corrupción, es un tema que me apasiona mucho. De hecho mi tesis doctoral fue sobre eso.

LL: Además fue summa cum laude

JL: Sí, fue summa cum laude.

LL: ¿A qué horas hace tantas cosas?

JL: Siempre me ha gustado estudiar. De hecho, no me gusta cuando me alejo de los libros por mucho trabajo o por lo que sea. A mí lo que me gusta es leer y tomarme una cerveza.

LL: Además es profesor.

JL: Sí llevo veinticinco años dictando clases. Después de tantos años uno ya ve quién va a ser financiero, quien va a ser banquero, quien va a ser penalista y quien no va a ser nada.

LL: ¿Qué es lo que usted más intenta transmitirles o inculcarles a sus estudiantes?

JL: El amor por la dogmática. A mí me parece absolutamente apasionante, encerrarse en una biblioteca de lunes a jueves diez, doce horas. Tener esa pasión por los libros, encarretarse con el autor y vivir en el mundo de los libros es fascinante. En dogmática hay que leer un libro varias veces para entenderlo e interiorizarlo. Hoy, por el trabajo y por los demás escenarios de la vida lo hago mesuradamente, ya no tiene uno ese tiempo para irse tres meses a Francia como lo hacía antes.

LL: Cómo le fue escribiendo

JL: Escribir es muy difícil. Yo soy muy desordenado, así que si no trabajaba secuencialmente y paraba por tres días, me costaba muchísimo reiniciar, volver a encontrar donde iba y organizar las ideas, todo un esfuerzo.

LL: Volviendo a los casos nuevamente. Cuéntenos un poco de lo que ha sido el caso Colmenares, por ejemplo.

JL: Tengo una prohibición legal de hablar de ese caso. Pero con todo el cariño, con todo el sentimiento, le digo que ese caso me costó a mí a tres días de arresto. Todo lo que ha pasado ahí es inaceptable. Yo no cobro un solo peso en ese caso, como en muchos otros. Me parece muy duro que uno eduque un hijo y que a la edad de ustedes le digan que se murió, que se enloqueció, se comió un perro caliente, se botó y se mató. Ese cuento, como papá, yo que tengo un pelao, es inaceptable. Sé lo que pueden sentir esos dos señores.

LL: ¿Y usted como papá cómo es? ¿Qué tan alcahueta es?

JL: Súper alcahueta. Tengo una relación muy entrañable con mi hijo. De hecho vivimos los dos solos acá en esta casa.

LL: ¿Muy amigos? ¿Qué comparten juntos?

JL: Somos muy amigos, tenemos una pasión compartida por el básquet. Yo fui selección Bogotá, traté siempre de entrar a la Colombia, él es selección Bogotá y ya está en la pre selección Colombia. Nos encanta. Acá tenemos un equipo que se llama Guerreros de Bogotá que es uno de los dos equipos profesionales de la ciudad. Somos fans de los New York Nicks, disfrutamos mucho cuando vamos a los partidos.

LL: ¿Juegan los fines de semana?

JL: Sí. Es el único escenario en el que peleamos. De resto, tenemos una relación perfecta.

LL: ¿Si usted mira un poco para atrás, alguna vez se imaginó que iba a llegar a donde está ahora?

JL: Al principio me gustaba la vida pública pero al poco tiempo descubrí que ese no era mi mundo, yo no tenía alma para tragarme los sapos que se tiene que tragar uno en la vida pública. Pienso que si uno estudia un poco y ejerce la profesión con inteligencia se triunfa, un poquito de disciplina y otro de astucia.

LL: Pero un poquito no… bastante

JL: (risas) Sí, bastante astucia. Yo no percibía una vida distinta a la de ser abogado.

LL: Cree que su hijo se va a dedicar a eso?

JL: Pues el año pasado en navidad tomándome una cerveza me dijo que me tenía una noticia buena y una mala. La buena era que quería ser abogado, y la mala es que no quiere a estudiar acá o sea que se me va a ir pronto.

LL: Pero eso puede cambiar, yo también decía lo mismo de querer irme.

JL: Ojalá. Dios te oiga. (risas)

LL: ¿Qué se necesita para ganar un caso?

JL: Desde el punto de vista romántico yo te diría que verdad, trabajo y dedicación. Pero en la realidad en el día a día en Colombia se necesita vehemencia, agresividad, valentía, capacidad y medios. A mí me critican porque soy mediático, pero cuando acudo a los medios es porque necesito sacar el tema para que el país se entere de lo que está pasando. Son muchas las cosas que se tapan en Colombia durante un pleito. Ahora, sin embargo, con más frecuencia se encuentra uno con jueces que le devuelven la confianza, o la poca confianza, que se tiene en el ejercicio profesional.

LL: ¿Con sus amigos y familiares deja a un lado la postura de abogado de argumentar permanentemente?

JL: Mi vida social es nada que ver con el derecho. Yo me voy con los entrenadores de básquet, a hablar de básquet, y con mi hijo, a tomar cerveza de barril y conversar, eso sí, cero derecho.

LL: ¿Esa es su forma de descansar?

JL: Sí. Hay otras, pero la principal es esa.

LL: ¿Cómo se reconoce a un buen mentiroso?

JL: Un mentiroso se reconoce rápidamente, pero depende de si uno cuenta con los elementos para poderlo desenmascarar. Porque reconocerlo es una cosa y desenmascararlo es otra. El buen mentiroso es frío, no asume un rol de autocensura o de autocrítica, normalmente son personalidades psicopáticas, con gran capacidad para la argumentación y poca para el arrepentimiento.

LL: Y qué opina del polígrafo.

JL: Ah no. Yo no creo en eso, conozco un abogado que le hacía polígrafo a todos los clientes y les ponía dos pedazos de plastilina para que la aguja no se moviera. Para qué les digo el nombre del abogado si ya se lo imaginan (risas). Eso es una farsa. Trabajar en el tema penal con un polígrafo es un absurdo, una gran mentira de la tecnología. He conocido personajes en la vida criminal que pueden pasar el polígrafo que les pongan limpios. Le da más pena, como dicen en mi tierra, a una vaca cuando la ordeñan (risas).

LL: ¿De qué se arrepiente?

JL: Uff de muchas cosas. Muchos errores, muchas cosas. Me arrepiento por ejemplo cuando ataqué de joven a una universidad sin sentido alguno.

LL: Su mayor acierto en el trabajo

JL: Trabajar mucho. No meterme con quien no toca, en temas escabrosos ni de narcotráfico. Si evitándolos ya vive uno amenazado y chuzado, como sería si estuviera en ese mundo.

LL: Cómo es vivir con ese miedo

JL: Es triste que venga de colegas de uno. Esa es la parte que más duele.

LL: ¿Tiene agüeros?

JL: Todos. No me siento la izquierda de la persona a la que quiero persuadir, siempre a la derecha. Tengo corbatas y zapatos de agüeros, nunca uso las corbatas que me regalan, las endoso inmediatamente. Tengo emboladores de agüeros, y ni qué decir de dónde me siento en las audiencias y cómo hablo. Yo sé que suena absolutamente estúpido lo que voy a decir, pero yo presiento lo que va a pasar, en el derecho y en el básquet. Tengo esa convicción, me dicen que estoy loco y debo estarlo, pero yo siento siempre lo que va a pasar.

LL: ¿Cree en las energías?

JL: Sí claro. ¡Pero mucho! Yo veo a alguien y de una puedo decir si esa persona es bueno o no.

LL: Qué es lo más difícil de su trabajo.

JL: Bueno hay momentos muy duros. Cuando uno se involucra con un cliente como amigo y hay capturas, eso es muy duro. Ver los niños saludándolos en los calabozos. Perder es duro. Uno trata de no perder nunca pero pasa y perder es duro. Se generan amistades muy grandes y rivalidades muy grandes también.

LL: ¿Es más la gente que lo quiere?

JL: Yo diría que sí. Yo pensaría, o quisiera pensar que es más la gente que me quiere. Que me ven no como un deshonesto o un tramposo sino como un tipo correcto.

LL: ¿Tiene frase de cabecera?

JL: Muchas. Se le ven las orejas al burro, fácil la tabla del uno.

LL: Describa a las siguientes personas:

JL: Eduardo Montealegre: Honesto y gran académico.

         Juan Manuel Santos: Paso, no, bien intencionado y desagradecido.

         Álvaro Uribe: Valiente y un gran hombre.

         Jaime Granados: mmm… Paso

LL: Hobby a parte del básquet:

JL: Enfermo del básquet, la literatura criminal y los animales. Tengo un caballito que se llama el guerrero… los perros.

LL: ¿Ud. desconfía de alguien que no le gusta a los animales?

JL: Ah sí. Cuando veo a un perro gruñirle a alguien pienso, ¡uy! esta persona tiene que ser el diablo. Los animales son seres increíbles, el afecto por y de un animalito es un aspecto absolutamente amable de la vida.

LL: ¿A qué le pone La Lupa en su vida?

JL: A mi hijo. La lupa de mi vida es Juan.

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Jaime Lombana, nos cuenta sobre su infancia, su amor hacia la carrera de Derecho y hasta que punto es ser correcto y ético en esta profesión.
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