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Catalina Escobar

“Yo tengo un motor adentro, yo trabajo en sintonía con mi hijo. Él y yo somos socios en esto”
Catalina Escobar | La Lupa Revista Digital

Para Catalina, este es un camino de no retorno. No habrá nada que la impida seguir viendo con los ojos que le han hecho transformar el dolor y la indiferencia en amor y dignidad. Nunca se ha dado por vencida, su tenacidad e inteligencia, pero sobre todo su gran capacidad de amar, ha dejado marca en miles de niñas que ahora la llaman mamá. Catalina va por más, y en esta lucha, Juanfe, su mejor socio y aliado, la lleva de la mano.



LL: ¿Cómo eras tú de niña?


CE:
Era súper activa. Me encantaban los deportes, jugar a las muñecas. Yo estudié en el Marymount, me encantaba bajarme por los tubos del parque. Quería estar en el equipo de voleibol, de básquet, de jabalina, todo. Fui muy optimista. Tuve una infancia muy bonita, muy sana y muy tranquila.

LL: ¿En el colegio cómo eras?

CE: Me fue muy mal al principio. Yo tenía déficit de atención con hiperactividad. Eso es hereditario y mi hijo lo tuvo. Cuando a mí me hicieron los exámenes ya de adulta, me dijeron, usted vivió eso. Entonces yo tuve problemas de aprendizaje hasta que yo misma, no me vas a creer, desarrollé una metodología para poder aprender mejor.

LL: Vienes de una familia muy grande, ¿cómo es crecer en una familia así?

CE: Es espectacular. Yo me acuerdo cuando íbamos a Pensilvania. A cada uno le encargaban que llevara algo para comer. Era divertidísimo. Éramos muy desordenados. Es que somos como 150 en primer grado. Todo gira en torno a un negocio familiar, pero también tenemos unos protocolos de familia, ponemos por encima el respeto, los valores, las diferencias.

LL: Devolviéndonos a cuando eras voluntaria en una clínica de maternidad, ¿cómo fue este tiempo para ti, cómo manejabas tu tiempo?

CE: Primero, las mujeres somos multitasking. En Cartagena me impactaba ver las diferencias sociales tan marcadas, la corrupción en familias de cuello blanco, cómo a las empleadas de servicio les pagaban 250 mil pesos mensuales. Empecé a ver una Cartagena muy dolorosa, con unas diferencias muy grandes, y eso no me parecía correcto. Yo estaba recién casada prácticamente, con dos hijitos chiquiticos y un trabajo en el que era socia de una firma americana. Pero en Cartagena le rinde a uno el tiempo para todo, entonces pensé que podía servir con mis manos en algo, y es algo que siempre he tenido. Yo he tenido una debilidad profunda por la inequidad social, por las injusticias. Entonces, eso me incomoda. Es como cuando uno nace con las gafas amarillas y el resto de la humanidad tiene las gafas azules. No hay manera de que yo vea azul. Yo veo las cosas de una forma diferente. Tal vez por mi educación he sido muy trabajadora. Entendí que si uno quiere hacer cambios en el mundo, no se puede parar y dar un discurso, uno tiene que pararse y hacer las cosas. Yo no era ni enfermera ni médica, pero terminé atendiendo partos. Veía porqué las niñas abortaban y cómo llegaban sin ni una sábana para taparse. Empiezas a ver lo más crudo de la miseria humana. Este es el mundo del no retorno. Una vez te metes, no puedes cerrar tus ojos y pretender que nada pasa ni existe.

Cómo te sientas tú en la mesa de tu casa a comerte un lomo con una ensalada rica, te acuestas en tu cama donde hay unas cobijas ricas o donde te puedes bañar con agua fresca, y ver que otros no pueden. Esas injusticias sociales son las que a mí me motivan a participar de esa transformación social.

LL: Has vivido una realidad muy cruda. ¿Cómo has logrado mantener una paz interna para poder hacer tu trabajo?


CE:
La gente no cree, a veces me dicen que cómo no estoy loca. Y sí, la miseria humana es terrible, pero lloro con ellas, las cargo, me cuentan sus historias, las siento, las escucho, pero eso es justamente el insumo energético más importante para poder trabajar. A mí eso no me deprime, me pone triste pero no me deprime. Pero también veo la cara de la niña que sufre y saber que si la ayudo en menos de dos años va a salir adelante, es muy emocionante.

Te voy a decir una cosa, es que cuando las niñas a los catorce años se quieren suicidar es porque no tienen una luz en su vida. Ellas se sientan y me cuentan cómo las abusaron, cómo las tocaron, me cuentan todo. Me duele porque soy mujer, porque tuve una infancia sana, porque nadie me tocó. Pero saber que si esa niña sigue el modelo de la Juanfe en menos de dos años sale adelante es una motivación muy grande.

LL: ¿Hay una historia que te haya marcado?

CE: Son muchas pero te cuento una en particular. Una chiquita de once años que llegó embarazada. Llegó con su mamá y estaban destrozadas porque el abuelastro la había violado y había quedado embarazada. Era una bebé contándome en detalle cómo la habían violado. La mamá desgarrada decía que había estado en diferentes instituciones del país y en ningún lugar le habían parado bolas. Y la mamá me hace la siguiente pregunta: Yo quiero saber si mi hija y yo pertenecemos a este país. Ella tenía una mamá maravillosa pero hay muchas otras que no. Hay muchas mamás que les dicen a sus propias hijas que ellas se lo merecieron.

Hay una historia también muy dura. Íbamos caminando por Playa Blanca y veo unas niñas sentadas, me senté con ellas. Les pregunté que por qué no estaban en el colegio y me puse a hablar con ellas. De pronto miré a una de ellas y sin saber le pregunté, amor mío tú por qué te estás prostituyendo. Y arrancó a llorar, me contó que se prostituía por 4000 pesos, por física hambre. Al día siguiente les pagué el transporte para ir a la Juanfe, les hicimos exámenes… a empoderarlas.

 LL: ¿Qué piensas que le falta a la política nacional?

CE: Hablar menos y hacer más. Punto.

LL: ¿Cuando Juanfe se nos va… es cuando tomas la decisión de hacer precisamente eso, hablar menos y hacer más?


CE:
A las dos semanas. Porque es que antes de que muriera Juanfe me tocó presenciar la muerte de un bebé cuya madre adolescente no consiguió 60.000 pesos. A los cuatro días Juanfe se murió por un accidente. Y si no hubiera tenido la plata ¡yo me prostituyo si es el caso! A los veinte días fui a comer con mi familia, y me di cuenta de que lo que estábamos comiendo mi marido en ese momento, mis hijos y yo sumaba los 60.000 pesos. Ahí rompí en llanto y les dije, nos estamos comiendo la vida de un bebé y no hacemos nada. Ahí tomé la decisión de poner mis talentos al servicio de la humanidad sin esperar nada a cambio. Toda la inteligencia empresarial que tengo y lo que no tenga lo pongo, hasta que yo me muera. Esto es una decisión de vida, y esto no es tomando el pelo. Yo vendí mi parte de la sociedad, una decisión consciente. Este camino es muy solo, es muy duro.

 LL: ¿Ha habido a algún momento en el que hayas dicho que no quieres seguir?

CE: Sí, ¿que haya querido botar todo al carajo?, miles de veces.

LL: ¿Cómo te has mantenido?

CE: Este bulto hay que cargarlo de manera humilde. Yo tengo un motor adentro, yo trabajo en sintonía con mi hijo. Él y yo somos socios en esto. Ha habido momentos tenaces, en los que he llorado de físico estrés, por ejemplo construyendo el complejo social que tiene casi 15.000 metros cuadrados y nos costó 12 millones de dólares. Me han pasado muchas cosas no sólo consiguiendo recursos, sino momentos de frustración donde yo a veces digo, qué hago yo para poder llegar a la vida de más niñas, porque no tengo los recursos suficientes. O por ejemplo, una niña que se me murió desangrada por sífilis y luchamos, pero fue muy duro.

LL: ¿Cómo es la respuesta cuando pides ayuda?


CE:
Yo te cuento una cosa. La Juanfe goza de muy buena reputación. Acá he sudado cada peso. Pero nosotros manejamos esto con una ética subliminal, entonces les hablamos a los empresarios en el mismo idioma. Somos la mejor contraparte para los empresarios, para que ellos den parte de su presupuesto para la Juanfe, y nosotros respondemos de manera impecable. Pero esto es luchadísimo. Toca hablar con estadísticas, formular proyectos, trabajamos con un montón de cosas.

LL: ¿Qué es un líder?

CE: Un líder no puede vivir sin un equipo. Tú no sabes lo que yo adoro a mi equipo de trabajo. Le hemos parado muchas bolas a la parte de recursos humanos. Nosotros nos llamamos los juanfelipistas, somos unos bichos raros. Una especie humana diferente (risas). Y ¡ay de que algo le pase a la Juanfe! porque todos nos ponemos tigre león pantera a defenderla. Un líder tiene que saber delegar, tiene que saber guiar. Un líder no es el que ordena sino el que acompaña. Es el que también tiene una vida personal, familiar. Pero yo no me acuesto sin pensar cómo puedo ser mejor para todas las personas que estoy ayudando y que trabajan conmigo. Además me fascina enseñar. La Juanfe tiene muy poquita rotación, y yo he formado a la gente. Es un trabajo en el que no se descansa pero no en el modo estrés sino en el modo pasional. Esto te tiene que apasionar. A mi equipo no le extraña que a las once de la noche se me ocurra una idea y los despierte a contarles. Me fascina empoderar a la gente. Yo no tomo ninguna decisión tirana. La puerta de mi oficina siempre está abierta. Soy muy estricta pero cada vez que vamos a Cartagena me entro a las clases de las niñas, me las siento en las piernas. Acá en Bogotá lidero de una manera distinta, pero allá la actitud es otra (risas).

 LL: ¿Qué te ha dado la Juanfe?

CE: No importan las oportunidades que uno haya tenido. Uno cree que uno va y les enseña a ellos y es todo lo contrario. La miseria humana te enseña de humildad, te enseña que con tan poquito se puede ser feliz. Me acuerdo de una niña que me preguntó una vez que qué le había pedido yo al niño Dios. Y le contesté que salud y le pregunté a ella que qué le había pedido, y me dice, un plato de arroz con pollo. Y me dice, yo llevo muchos años en los que no me como un plato de comida. Al día siguiente, hubo festín de arroz con pollo (risas).

LL: ¿De qué te arrepientes?

CE: De nada. Mentira, si tengo un arrepentimiento: no haber empezado antes.

 LL: ¿A qué le tienes miedo?

CE: Tampoco a nada. No son miedos, son añoranzas. Qué vaina que se necesite plata para todo, porque te lo juro que la estructura la tenemos para crecer exponencialmente. Yo quisiera llegarle a un infinito número de niñas.

LL: ¿A qué le rezas?

CE: Yo le rezo a todo (risas). Le rezo como a todo un poquito. En lo que yo hago se necesita porque aquí hay unas batallas muy duras que librar.

LL: Una frase de cabecera

CE: Hablar menos y hacer más.

LL: Lo que más admiras en una mujer

CE: El autocontrol. Tener una muy buena armonía entre el trabajo y la familia.

LL: En qué reencarnarías


CE:
No en un chivo, no (risas). No se me ocurre (risas), en Catalina Escobar para poder hacer más. Volvería a reencarnar en mí pero empezando antes.

LL: Cómo te dicen tus niñas

CE: Mamá. Es una delicia.

LL: El amor para qué

CE: Solo para transformar.

LL: ¿De las grandes necesidades nacen las nuevas ideas?

CE: Sí. Y a veces suena terrible decirlo pero yo creo que si no se hubiera muerto Juanfe no hubiera llegado tan lejos.

 LL: ¿A qué le pones la Lupa en tu vida?

CE: A las niñas que salen adelante. Han pasado más de tres mil niñas por la Juanfe. Y pasar de vivir en el fango a que me digan que pudieron comprar su casa nueva, no hay felicidad más grande.

 

 

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“Soy inquieto, sarcástico, malpensado. Tengo cara de bravo pero soy una melcocha.”

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Catalina Escobar, nos cuenta sobre su infancia, su entorno familiar, su vida como estudiante, su voluntariado en una clínica de maternidad y su trabajo social.
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