Carlos Villa

“Con el violín se crea un vínculo muy fuerte. No es sólo emocional sino físico y emocional.”
Carlos Villa | La Lupa Revista Digital

Primero soñó con ser torero, después bombero. Pero un día cuando tenía cinco años vio tocar a Yehudi Menuhin y ya no pude dejar de pensar en el violín. Ha tocado para los mejores directores y las mejores orquestas del mundo. Siendo concertino de una gran orquesta en Londres, tocó para los Beatles, pero ni eso, ni los cinco idiomas que habla alteraron la sencillez y el carisma de este violinista colombiano, que hoy dedica su tiempo a formar jóvenes músicos en la Orquesta Filarmónica Juvenil. Este es el maestro Carlos Villa, el de las medias rojas. La Lupa lo entrevistó para descubrir en él la mejor de sus partituras.



LL: Quería que habláramos con ese Carlos en la infancia que soñaba con ser violinista

CV: Yo primero soñé con ser torero, después bombero. Y después cuando tenía como cuatro o cinco años llegué a la música.

LL: ¿Cómo? ¿Alguien en su familia que lo influenció?


CV:
Mi papá era muy melómano, pero nunca fue músico profesional. Era ingeniero civil, pero en esa época vivíamos en Cartagena y todos los años hacían grandes festivales musicales. Traían orquestas de todas partes del mundo, Europa, Estados Unidos, Centro América, y a mí me gustaba mucho ir. Pero una vez en particular vi a un violinista que se llamaba Yehudi Menuhin … nació en Estados Unidos y fue un niño prodigio creo que como a los seis años. Y a esa edad ya daba conciertos por todo el mundo. Hizo su debut en Berlín y yo quedé fascinado con este violinista. Yo había estudiado un poquito de piano y me gustaba, pero cuando vi el violín me cautivó totalmente, entonces dije eso es lo que quiero estudiar. Mi papá me consiguió un violincito que en esa época costaba cien pesos, y ahí empecé.

LL: Escoger el camino de la música no siempre es fácil, ¿qué tan difícil fue sostenerse en este sueño?

CV: A esa edad uno no escoge la música. Las cosas se fueron dando. En un momento, cuando mi papá trabajaba para una compañía petrolera americana, vino el gran jefe de Dallas a visitarlo, y mi papá lo invitó a la casa a comer, y en esa época como era costumbre yo tenía que sacar mi violincito y tocar. Yo detestaba y me moría de la furia. El señor quedó muy impresionado conmigo, y al día siguiente le dijo a mi papá que quería que fuéramos a Estados Unidos a seguir mis estudios musicales. Primero quería que fuera unos tres meses como de vacaciones y que tomara clases con un muy buen profesor allá. Cuando ya estábamos por regresar, sucedió otra casualidad. Se presentó otro famoso violinista en Dallas y me llevaron para que tocara para él en su hotel, y él preguntó que qué planes teníamos. Mi papá le respondió que regresar a Cartagena y le dijo, no se puede llevar a este niño, él tiene que estudiar en el mejor instituto en Estados Unidos, que es en Philadelphia. Al día siguiente me embarcaron en un avión y nos fuimos para allá y allá me quedé por 20 años.

LL: ¿Recuerda algún momento en el que pensara que realmente sí iba a poder vivir de la música?

CV: Nunca pensé en eso. Yo pensaba en estudiar todos los días y tocar un poquito mejor. Yo era muy chiquito y creo que vivía más en el día a día.

LL: ¿Qué fue lo más difícil de toda esta etapa de preparación?

CV: Al principio estudiaba una o dos horas diarias, pero cuando vi que la cosa se estaba poniendo más seria, yo sentía que era difícil. Tenía muchas exigencias porque tenía que estudiar mis estudios de colegio y estudiar cuatro horas diarias de violín.

LL: ¿Estaba separado de la familia?

CV: No, toda mi familia se fue para allá. Todos me apoyaban, era un acuerdo tácito.

LL: ¿Qué cosas puntuales lo marcaron a lo largo de su carrera?


CV:
Lo primero fue cuando vi al violinista en Cartagena. Después, haber llegado a Philadelphia, una de las mecas musicales más importantes del mundo. Estaba en un instituto al que uno solo puede entrar becado. Así seas el más millonario, solamente se entra por talento, y una vez que entras se soluciona tu vida de estudiante, no solo con la parte musical sino con los estudios. Estudié idiomas, hoy hablo cinco idiomas. Pero cuando ya me iba a graduar no estaba muy seguro de qué quería hacer, pero como sucedió en otras ocasiones una agencia de conciertos en Suiza, se enteró de que yo existía y me invitaron a ir. Llegué y me ofrecieron un contrato para hacer conciertos, pero yo sentía que me hacía falta estudiar, y como gran sorpresa apareció otra vez en mi vida Yehudi Menuhin… ahí yo ya tenía 21 años. Lo conocí, se interesó mucho en mí y me dijo que quería que trabajara con él un tiempo y creamos una relación de alumno- profesor y de amistad. Fue un gran maestro, con una trayectoria impresionante. Él había sido niño prodigio y me decía, haber sido niño prodigio no fue tan difícil, lo difícil es ser viejo prodigio. Me encaminó a la música, ahí comenzó verdaderamente mi carrera.

LL: ¿Digamos que estos momentos que parecen golpes de suerte parecían ser el mismo destino no?

CV: Puede ser el destino o suerte, pero sí.

LL: ¿Cree en el destino?

CV: Yo creo que uno sin darse cuenta va creando su propio destino. Uno se da cuenta de que, si uno quiere llegar a una meta, tiene que sacrificar muchas cosas, hay que trabajar muy duro.

LL: ¿Hubo algún momento en el que quiso desistir?

CV: No, eso no me ha llegado afortunadamente. Ahorita estoy en una nueva etapa, porque la dirección de orquesta es algo relativamente nuevo para mí. Yo había dirigido en Inglaterra, Suiza y Alemania, pero nunca pensé que llegaría hacerlo de esta manera. Pero se presentó la oportunidad, me llamaron a decirme que se iba a crear una orquesta juvenil y me preguntaron si me interesaría. Me sonó interesante la cosa, vine a Bogotá a las audiciones para escoger a los muchachos. Quedé muy impresionado porque me encontré con un nivel musical mucho mejor que el de antes. Ahora hay más escuelas, mejor formación. Antes solo había dos, la Javeriana y el conservatorio de música en la Nacional, y hoy en día hay como 23.

LL: ¿Cómo hacer para que en Colombia la parte artística tenga un poco más de peso?

CV: Ya se han dado grandes pasos, estas orquestas hoy en día son un gran avance. Como decía Mao Tsetung ¨El viaje más largo empieza con un paso¨.

 LL: ¿Qué se necesita para ser un buen violinista?

CV: Mucha disciplina. Hay que estudiar mucho, concentrarse mucho, tener mucha seriedad. Estar seguro de que eso es lo que uno quiere hacer en la vida, pero después de eso, mucho, mucho estudio.

LL: ¿Cómo saber si uno está seguro de que eso es lo que quiere?


CV:
Yo vi a este violinista de niño y supe que eso era lo que quería hacer, pero uno no sabe muy bien cómo se puede llegar a eso. Por eso es que hay que ir de paso a paso, de poquito a poquito se van dando las cosas. No solo para la música sino para muchas otras cosas que uno quiera ser en la vida. Hay que ser muy constante y muy disciplinado, yo creo que esa es la clave.

LL: Alguien que lo conozca bien, ¿cómo lo describiría?

CV: (Risas) No se cómo me describen cuando yo no estoy. Pero no sé, creo que la gente que lo quiere a uno es también la gente que es capaz de ver los dos lados de la moneda. Lo bueno y lo que no es tan bueno.

LL: ¿Qué le gusta hacer cuando no está haciendo música?

CV: Me gusta mucho leer, la cocina. Cuando vivía en Nueva York hacía muchas cosas, es una ciudad que ofrece mucho.

LL: ¿Podría decirse que el violín es una parte suya de alguna forma? ¿Como una extensión?

CV: Sí, me imagino que sí. Se crea un vínculo muy fuerte no solo musical, sino también físico y emocional. Para mí es muy importante sentir el violín, ver que está bien, uno siempre está pendiente de que esté bien. Es como un niño, uno siempre está pendiente de él.

LL: ¿Cómo es cambiar de un violín a otro?

CV: No es nada fácil. Yo pienso que uno establece una relación muy fuerte con su violín, y puede que no sea el mejor violín del mundo, pero uno en ese momento siente que es con el que mejor se siente. Puede que años después me presenten o conozca otro violín y con ese me entienda mejor.

LL: Cuéntenos lo de las medias rojas. Cómo así que le suena mejor el violín cuando usa medias rojas

CV: Es un misterio (risas).

LL: ¿De dónde salió?


CV:
Salió un poco de estudiar física y la relación con los colores y su significado. Cada color es un sonido que tiene un largo de onda, y para mí el rojo era el color que me motivaba y me estimulaba la parte creativa.

LL: ¿Y para cada concierto usa medias rojas?

CV: Sí, siempre las mismas.

LL: (Risas) ¿Siempre las mismas? ¿Y hace cuanto las tiene?

CV: Como cuarenta años (risas).

LL: O sea, entre el violín y las medias no sabe a cuál cuidar más.

CV: Las medias son más delicadas (risas). Las compré cuando vivía en Londres, y probé distintos tonos de rojo.

LL: ¿Si no usa sus medias qué pasa?

CV: No, ni pensarlo. No me siento bien, no puedo.

LL: ¿Qué le falta hacer en la vida?

CV: Muchas cosas. Trabajar con gente joven, motivarlos, inspirarlos. Me gusta tener contacto con gente joven que de pronto no están seguros de qué quieren hacer, y yo trato de mostrarles que puede ser una vida fantástica y que la música es un mundo muy importante. En la vida en general, la apreciación de lo artístico, de las cosas bellas, es definitivo y hay que inculcarlo.

LL: Tal vez, poder ser ese maestro que lo marcó tanto y ayudar a otros.

CV: Sí, aprendí mucho de muchos maestros. Pero el maestro más grande son las experiencias, el aprender a ser receptivo.

LL: ¿Qué le ha dado Lina, su esposa, a su vida?

CV: Muchas cosas. Amor, compañía, estabilidad.

LL: Es difícil encontrarse con un músico que no sea romántico.

CV: Sí, y da mucho más.

LL: ¿De qué se arrepiente?

CV: Realmente no tengo grandes arrepentimientos. Me arrepiento de cosas bobas, de malas decisiones. Pero no me preocupa ni me enferma. Trato siempre de tener una actitud positiva. Los malos pasos también son importantes.

LL: ¿En qué reencarnaría?

CV: Me gustaría reencarnar en un gran, gran, gran violinista.

LL: En usted mismo (risas).

CV: En alguien mejor (risas).

LL: ¿Cómo es su rutina diaria?

CV: Toco todos los días. El violín es un instrumento que exige mucho. Inclusive el piano, si lo dejas de tocar un tiempo, vuelve a ti. Pero el violín dos o tres días sin estudiar, a mí me parece fatal, tengo que empezar prácticamente de nuevo. Si dejo tres días sin estudiar, es terrible.

LL: ¿La parte emocional afecta cómo se toca?

CV: Hasta cierto punto. Trato de no dejar que me afecte, porque claro, uno cambia mucho de estado de ánimo. Pero tiene que no dejarse influenciar, estar muy centrado y pensar que no se puede distraer, porque uno siempre lo quiere hacer mejor y si se distrae no funciona.

LL: Ha vivido en tantos países… ¿Cómo se siente en Colombia?

CV: Estoy feliz porque creo que esto puede ayudar a muchos jóvenes y eso es lo que más me interesa. Todas mis experiencias regalárselas a los jóvenes.

LL: Sé que no le gusta tanto hablar de tu época en la que tocó con los Beatles, pero cuéntenos un poquito, una anécdota.


CV:
Francamente para mí en ese momento no fue una cosa tan importante. Yo acababa de llegar a Londres y tuve la buena fortuna de que un gran director musical se interesara en mí y me ofreciera la oportunidad de entrar a su orquesta como primer violín. En ese momento, pasó lo de los Beatles, entonces no fue de gran importancia porque yo estaba tan dedicado y tan ocupado en mi nuevo reto como primer violín, que era mi prioridad. Fue interesante y a la gente le parecía increíble, pero yo realmente, musicalmente, no le paré muchas bolas.

LL: ¿A qué le pone La Lupa en su vida?

CV: Al día a día. Todos los días se puede ser un poco mejor. Aunque uno no se dé cuenta, yo creo que todos tenemos por dentro ese ideal de ser mejores, de ayudar.

 

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Carlos Villa, nos cuenta sobre su infancia, su sueño de ser violinista, la elección de la música como eje principal de su vida y lo que lo marco de su carrera.
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